REFORMA DEL ESTADO
LUNES 24 DE ENERO DE 2005
Presidente Vicente Fox
Palabras del Presidente Vicente Fox Quesada durante la Presentación de la Propuesta de la Asociación Nacional para la Reforma del Estado, que tuvo lugar esta tarde en el Casino del Campo Militar "Marte"
Diputado Manlio Fabio Beltrones Rivera, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados; Senador Diego Fernández de Cevallos, Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores; Doctor José Ramón Cossío Díaz, Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Porfirio Muñoz Ledo, Presidente de la Asociación Nacional para la Reforma del Estado; Señoras y señores representantes de partidos políticos; Distinguidas y distinguidos miembros del presidium; Amigas y amigos:
La preocupación de las y los mexicanos por la Reforma del Estado es una constante en la historia reciente de nuestro país. En esa lógica se inscriben varias de las reformas que favorecieron la transición democrática, que fueron impulsadas por la sociedad civil y por mexicanas y mexicanos de todas las corrientes políticas.
La gran lección que nos ofrece la ciudadanía es haber conducido pacíficamente y a través de las urnas su proceso de transición y alternancia. Ahora nuestra oportunidad es rediseñar las instituciones para la gobernabilidad democrática.
Habiendo logrado una democracia electoral plena, necesitamos fortalecer las instituciones. Sólo así el régimen democrático podrá cumplir con eficacia las demandas de la población.
La Reforma del Estado no es un asunto nuevo, todos los aquí presentes lo saben porque han trabajado para que se haga realidad. Lo novedoso es que la agenda para la Reforma del Estado se discute con métodos democráticos y no persigue los fines de una política coyuntural.
A lo largo de los últimos cuatro años el país ha sido testigo de distintas propuestas de Reforma, provenientes de los partidos políticos, de la Convención Nacional Hacendaria, del Gobierno Federal, de los legisladores, del Acuerdo Nacional para el Campo, de académicos y de organizaciones sociales.
En todas ellas identificamos consensos sobre la pertinencia de reformar y fortalecer nuestras instituciones, sobre la necesidad, por un lado, de adecuarlas a la pluralidad que vivimos; y por el otro, para hacer más eficaz nuestra democracia.
Algunas de estas iniciativas han cristalizado ya en nuevas leyes y con ellas en avances muy importantes para el país. Por ejemplo, la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Gubernamental, o la Ley del Servicio Profesional de Carrera de la Administración Pública, o la Ley de Derechos Indígenas, la Ley de Desarrollo Social, la Ley en Contra de la Discriminación, la Ley para el Desarrollo Rural Sustentable.
Otras iniciativas, muchas, están en el Congreso, en el proceso de ser analizadas, discutidas y esperamos aprobadas.
Hemos recorrido un largo camino para llegar a la democracia; sin embargo, urge una reforma de las instituciones, que facilite tomar las decisiones, con rapidez muchas veces, para hacer realidad las aspiraciones económicas y sociales de las y los mexicanos.
De la transformación de las instituciones depende la funcionalidad del sistema político mexicano y la eficacia de nuestra democracia.
En el México plural es necesario tener una legislación que promueva los acuerdos en el terreno político y desaliente los enconos, una legislación que favorezca el intercambio productivo y civilizado de ideas y que contemple la responsabilidad compartida en el proceso político; una legislación en materia presupuestal que dé equilibrio a la relación entre los Poderes.
Ese es un buen camino, es un camino que seguramente nos pondrá ante mejores posibilidades de desarrollo para el país; el otro es tan sencillo como el de mostrar buena voluntad, amor y compromiso al país para alcanzar esos consensos y esas decisiones que pueden impulsar la marcha de México.
Urge proporcionar una mayor y mejor colaboración entre los Poderes. Es indispensable también privilegiar el ejercicio conjunto de la tarea de Gobierno.
La relevancia de fortalecer nuestro marco institucional radica en que de ello depende la consolidación del nuevo orden democrático.
Celebro con entusiasmo el esfuerzo de todos los miembros de la Asociación Nacional para la Reforma del Estado que convoca a las diversas fuerzas políticas y a los distintos Poderes para promover, una vez más, un diálogo franco y abierto en torno al estado actual de nuestras instituciones.
Estamos muy, muy a tiempo; sólo hay señales de en dónde están las oportunidades y dónde los retos y los posibles problemas. Nadie ha rebasado al Estado Mexicano ni lo va a rebasar nunca.
Y en ese sentido, la convocatoria que aquí se ha hecho me parece fundamental para reintentar enfrentar los retos del futuro, marcar rumbo y hacer correcciones.
Es responsabilidad de todos nosotros generar espacios de deliberación para encontrar la mejor manera de conciliar cambio democrático con estabilidad política y desarrollo económico con rostro humano y justicia social.
Este foro es una invitación a compartir nuestras mejores ideas, en aras de la gobernabilidad democrática; es un llamado para que todos los actores asumamos la responsabilidad que nos toca y que las reformas que requiere el país se hagan efectivas; es también una propuesta para promover acuerdos y negociaciones que conduzcan a las reformas más urgentes para México.
El Ejecutivo a mi cargo asumirá la responsabilidad que le corresponde en este proceso de diálogo, concertación y aportación de propuestas e ideas; un proceso que sólo será posible en un clima de cooperación que permita concretar acuerdos.
Señoras y señores:
La experiencia nos ha enseñado las ventajas que conllevan las reformas institucionales. De hecho el arribo a la democracia no hubiera sido posible sin la gradual transformación de nuestro sistema electoral.
La Reforma Política del Estado es una apuesta por la consolidación democrática, es una apuesta por una cultura de respeto a las instituciones, por una cultura que fomente los acuerdos y la rendición de cuentas.
La Reforma del Estado es un pacto para crear lazos de comunicación democrática entre las instituciones y los ciudadanos; es un pacto para hacer del Derecho y la política los bienes públicos que garanticen la justicia, la paz y el bienestar.
La sociedad, los partidos políticos y los poderes públicos tenemos la obligación moral de vigilar que la democracia permanezca y el Estado de Derecho prevalezca.
Estoy convencido de que entre todos definiremos cuáles son las mejores instituciones para el buen funcionamiento de la democracia.
Debemos darle una verdadera oportunidad a la democracia, que tanto nos ha costado lograr.
Debemos --sí-- reformar al Estado Mexicano, rediseñar sus instituciones para que respondan con eficacia a las expectativas ciudadanas.
Sé que las discusiones que hoy se inician, serán un gran paso en la senda que nos conduzca a ese objetivo. Enhorabuena a las y los participantes.
Todo esfuerzo por fortalecer las instituciones democráticas es un tributo a México.
Muchas gracias, mucho éxito y estaremos muy atentos a las resoluciones a que lleguen.
Lic. Porfirio Muñoz Ledo
Ciudadano Presidente de la República; ciudadanos representantes de los poderes estatales, federales y municipales; responsables de las instituciones electorales del país; dirigentes de los partidos políticos; militantes de la sociedad civil.
Agradecemos a todos su respuesta a nuestra convocatoria, los hemos invitado a un acto de reflexión nacional que privilegia el vínculo entre la inteligencia y la política, es éste un alto en el camino para levantar la mirada y repensar el rumbo del país.
Es también el refrendo de nuestro compromiso con la transición democrática. Aquí estamos muchos de quienes cumplimos la hazaña de conquistar la alternancia pacífica en el poder por la primera vez de nuestra historia, quienes seguimos el llamado de la sociedad y movilizamos las conciencias; quienes negociamos sin desmayo las reformas legales que hicieron posible el cambio.
De entre el sistema hegemónico menguante y la emergencia social en ascenso, supimos encontrar el camino para inventar las instituciones que garantizan la flexibilidad del sufragio y la expresión de las libertades públicas.
Tuvimos la imaginación para establecer las normas y los equilibrios que han hecho transparente y plural el ejercicio del Gobierno.
La tarea que nos demanda hoy el país es la Reforma del Estado. Hemos dado apenas los pasos iniciales de la transición, falta por construir un nuevo sistema político y tejer los consensos esenciales para la sustentabilidad de la democracia y la viabilidad del país.
Necesitamos implantar en sus decisiones de todos los días la conciencia de largo plazo. El Estado de Derecho sólo se entroniza cuando se alcanza una correspondencia estable y creativa entre la ley, la realidad y los principios que se postulan.
La gobernabilidad democrática es la combinación armoniosa entre instituciones respetables, reglas del juego funcionales y ciudadanía de alta intensidad.
El espacio de poder reservado al Estado es irrenunciable, los vacíos que se dejan son ocupados por fuerzas ajenas y aún contrarias al interés nacional. Es menester remontar la corriente responsable que satanizó y desmedró tanto a las instituciones, como los valores públicos.
Es indispensable restaurar la República en toda su majestad. El Estado es el vértice de las convergencias nacionales, mientras democracia es el ámbito de la diversidad y la arena de las controversias, más consistente y sabia sea la arquitectura de la República, mejor se procesarán los conflictos sociales y se acortarán las distancias políticas, mejor también defenderemos a la Nación.
La erupción sexenal de las ambiciones y los proyectos electorales debe encontrar cauces racionales para expresarse y garantías políticas para realizarse códigos también que aseguren la imparcialidad y la moderación en el ejercicio de todos los poderes públicos.
Es necesario evitar que los ríos se desborden antes de que terminemos de construir los diques. Es igualmente preciso renovar la morada antes de que la habiten nuevos pobladores.
Ciudadano Presidente de la República:
La Comisión de Estudios para la Reforma del Estado que se congregó a su llamado entregó sus propuestas hace poco más de cuatro años, por diversos motivos las urgencias de la coyuntura primaron sobre el propósito de reconstrucción institucional.
Sin embargo, las ideas que avanzamos no fueron del todo abandonadas, la semilla sembrada floreció por doquier y hoy es patrimonio de la conciencia pública. La tarea que viene nos corresponde a todos.
De manera incesante que han sucedido durante este lapso, foros para la revisión integral de la Constitución, mesas de concertación entre los partidos, así como debates abiertos entorno a los cambios indispensables que el Estado requiere.
Casi todo se ha dicho, pero casi nada se ha concretado con el riesgo de caer en la insalvable contradicción del doble lenguaje.
Carece de precedente que el número de iniciativas de reforma constitucional introducidas por los diputados y senadores en las cámaras del Congreso que suman ya cerca de dos centenares.
Diversos son los proyectos enviados por el Ejecutivo Federal y esperamos que en breve por la Suprema Corte de Justicia.
Amplio y pertinente es el programa planteado por la Conferencia Nacional de Gobernadores, y no pocas, la Reformas Institucionales emprendidas en la esfera competencial de los estados.
Sabemos cuáles son los asuntos que exigen más pronta decisión; en primer término, aquellos relacionados con el proceso electoral, que restrinjan los excesos y atajen las corruptelas.
Que refuerce las facultades de fiscalización de los órganos electorales y decidan el papel que corresponde a los medios concesionados en la campañas, que dignifiquen la comunicación política y eviten, tanto la compra del sufragio por el dinero, como la infiltración de los poderes ilegales en la integración de las autoridades públicas.
Necesitamos decidir a tiempo las modalidades de participación en los comicios de nuestros compatriotas en el exterior, y determinar la conveniencia de la reelección inmediata de parlamentarios y autoridades municipales.
Destinar el modelo de organización política que propicie la formación de mayorías estables de gobierno y mantenga por encima de la controversia a las instituciones del Estado, abolir el obsoleto presidencialismo y devolver a los ciudadanos en plenitud, la conducción de la política.
El reclamo social de seguridad física y jurídica, de justicia expedita y confiable, y de respeto a los derechos humanos, debiera inducirlos a compatibilizar y resolver las distintas iniciativas presentadas sobre estas materias.
Lo mismo podríamos hacer con las propuestas maduras en torno a las reformas del federalismo, el fortalecimiento de los municipios, la participación ciudadana en las políticas públicas y la consulta popular en decisiones capitales para la Nación.
Podríamos, acaso, ensayar acuerdos fundamentales sobre política fiscal y Reforma Hacendaria de la Federación, formular previsiones compartidas sobre el futuro energético del país y actuar en consecuencia.
Encontrar las posiciones comunes frente a los graves dilemas del trabajo, la seguridad social y el empleo, trazar una estrategia contra la desigualdad y la ignorancia, zanjar, en definitiva, la cuestión de las autonomías étnicas y auspirar al arribo a una sociedad del conocimiento.
En adelante, ningún bando impondrá su razón a los demás, la democracia exige el sacrificio de objetivos propios en la defensa de los principios que las sostienen.
Hay que desactivar, antes que nada, la extrema polarización política de edificar el espacio de neutralidad que haga posible el entendimiento de los contrarios y la suscripción de los compromisos ineludibles para la Reforma del Estado.
Ciudadanos todos:
La Asociación que hemos formado refleja la pluralidad del país, y se ha propuesto coadyuvar con modestia republicana en la forja de una nueva constitucionalidad.
Nos permitimos hoy en citar a los poderes públicos y a los partidos políticos, para emprender un diálogo sustantivo sobre los grandes temas de la agenda nacional y decidir, conjuntamente, aquellos cambios institucionales y pactos sociales que estimen necesarios para la paz y la prosperidad de la Unión.
Así lo hicimos repetidamente en el pasado reciente, y así lo han hecho todas las transiciones democráticas del mundo. En este proceso, nadie podría pretender la utilización del otro en beneficio de su propio interés.
Es preciso abolir todo vestigio de simulación, cumplir, no sólo, como la palabra privada, sino honrar la palabra pública e instaurar la rendición de cuentas de la verbal.
Se trata de una responsabilidad general, y no sólo de la clase gobernante. A la postre, lo que pase con México será lo que los mexicanos queramos que pase.
Para construir la democracia se requieren estadistas, pero para darle vida hacen falta demócratas; fue Octavio Paz quien dijo: que enderezar al país no puede ser la obra de un hombre o de un grupo, sino la tarea de una generación.
El marco de nuestro empeño es la historia, confiamos con que este esfuerzo de reconciliación nacional, culmine en un ejercicio constituyente, digno de la ya cercana celebración del Segundo Centenario de la Independencia y el Primero de la Revolución Mexicana.
Hoy, como entonces, debemos generar en la orilla de un tiempo apremiante, ese suplemento de coraje que nos permita resumir nuestra vocación de grandeza, y cimentar un destino cierto para la Nación.
Muchas gracias.
Dr. José Woldenberg Karakowsky
Reforma por la República-Asociación Nacional para la Reforma del Estado. Texto íntegro de la ponencia
Muchas gracias, muy buenas tardes a todos.
A lo largo de 20 años México fue capaz de construir un entramado legal e institucional, para que la pluralidad política se expresara, conviviera y compitiera de manera pacífica y ordenada.
Se trató de un esfuerzo que conjugó los diagnósticos y aspiraciones de diferentes fuerzas políticas, y que fue capaz de encauzar una transición hacia la democracia, incluyendo y ofreciendo garantías a todos.
Sus resultados están a la vista, hemos pasado de un sistema de partido hegemónico a un auténtico sistema de partidos, de unas elecciones sin competencia, y luego fuertemente impugnadas a unas elecciones competidas y legítimas, de un mundo de la representación política monocolor, a otro plural.
El Presidente de la República coexiste hoy con gobernadores de tres o cuatro partidos diferentes, y con un Congreso en el cual él y su partido no son la mayoría.
Algo similar les sucede a muchos gobernadores, conviven con presidentes municipales de dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis partidos distintos y, en muchos casos, ellos y sus partidos no detentan la mayoría en sus respectivos Congresos.
¿Quién forjó esa realidad?
Los ciudadanos votando. Pero para que ello fuera posible se necesitaron sucesivas reformas electorales que ayudaron a pavimentar la vía de la convivencia y la competencia electoral.
Hoy, en México, se sabe que la diversidad puede y debe convivir, que no existen corrientes políticas condenadas a la victoria y otras eternamente destinadas al ostracismo.
El clima de libertades ejercidas, se ha ensanchado y todos hemos ganado con ello.
Pero en la historia no existen estaciones terminales. Las nuevas realidades generan nuevos retos, y es menester afrontarlos.
La legislación electoral aprobada en 1996 dio buenos resultados. En tres procesos comiciales federales sucesivos, hemos podido observar la imparcialidad de los órganos y procedimientos electorales.
La mejora sustantiva en las condiciones de la competencia, la certeza en el desahogo de los diferendos, las posibilidades de crear nuevas opciones partidistas o coaliciones electorales, y la capacidad de los electores para decidir cuáles refrendan su registro y cuáles lo pierden.
La nueva fórmula democrática de gobierno para el Distrito Federal y también como resultado la integración plural de nuestro Congreso.
Pero también y de manera natural han aparecido las lagunas en la ley. Los nuevos retos, las asignaturas pendientes.
Por ello, en octubre del año 2003, los entonces consejeros del Consejo General del IFE nos permitimos enviar una respetuosa nota a las dos Cámaras del Congreso, señalando los temas que según nuestro criterio deberían ser reformados y reforzados.
Se pretendía solamente llamar la atención sobre asuntos insuficientemente regulados. Pero mucho más importante que eso, fue que en marzo del 2004, el Presidente de la República por un lado, y los partidos Revolucionario Institucional, de la Revolución Democrática y Convergencia, presentaron sus respectivas propuestas de reforma electoral.
En aquel entonces, llamó poderosamente la atención que ambas tenían importantes zonas de coincidencia. En las dos se dotaba de mayores facultades fiscalizadoras al IFE, se intentaba reglamentar las precampañas, se planteaba la suspensión de la propaganda gubernamental durante un tiempo de las campañas electorales, se elaboraban fórmulas para que los partidos que pierdan su registro tengan que reintegrar su patrimonio a la Federación y otras más. Y sin embargo, la reforma no prosperó.
Me parece, y lo digo con todo respeto, que antes de que arranque el Proceso Electoral Federal todavía pueden hacerse realidad consensos que están maduros y a la mano. Ello no solamente sería interpretado como un signo de concordia, sino que se estarían reforzando algunos eslabones débiles del proceso electoral.
Por otro lado, pero en el mismo sentido, hoy en el Senado se discute la necesidad de poner al día la Ley Federal de Radio y Televisión. Se trata de una asignatura pertinente, dada la centralidad que en toda sociedad moderna tienen los medios.
Entiendo que los pilares fundamentales de la iniciativa buscan la creación de un órgano colegiado que regule sobre todo las concesiones en la materia, abrirle paso a una mayor pluralidad de la oferta, ofrecer garantías de seguridad a los concesionarios, fomentar la producción nacional independiente, establecer el derecho de réplica, regular la compra de propaganda electoral y otras más.
Es decir, que busca que las relaciones entre Estado, concesionarios y sociedad sean transparentes y funcionales, que por un lado den certeza a los concesionarios y que, por el otro, la sociedad pueda beneficiarse de una oferta diversa, como la propia sociedad lo es.
Pero más allá de esos asuntos puntuales y para nada menores que se encuentran ya en los circuitos deliberativos del Congreso, se empieza a abrir paso en el país una reflexión sobre el propio régimen de gobierno.
Si en los últimos años, como ya apuntaba, se han producido transformaciones sustantivas en el sistema de partidos y en el sistema electoral, la pregunta que surge es si el sistema de gobierno puede mantenerse intocable.
Intento explicarme: el Estado mexicano ha sido colonizado por una pluralidad de partidos, todos ellos con diagnósticos, programas, iniciativas e intereses legítimos. Se trata de uno de los resultados más vistosos y políticamente significativos de la transición democrática.
Todo ello supone una mayor y mejor representación de la pluralidad política, la naturalización de la consistencia de la diversidad, una mejor sintonía entre representados y representantes, pero sin duda genera problemas de gobernabilidad, es decir, dificulta la toma de decisiones, la implementación de programas, la puesta en marcha de reformas y la atención a las necesidades y reclamos sociales.
Creo que tenemos que asumir que la democracia aporta su propia agenda de problemas y no será mirando hacia otra parte como podrán ser resueltos, no será buscando reducir el número de partidos o elevando el porcentaje de votación para refrendar el registro o volviendo a un sistema electoral uninominal como se podrá exorcizar la presencia contradictoria de fuerzas políticas distintas en las instituciones del Estado.
La pluralidad en las instituciones del Estado llegó para quedarse. Es necesario entonces construir un formato que permita y estimule la formación de una mayoría estable en el Congreso capaz de acompañar la gestión presidencial. Y si esa mayoría no surge de las urnas, resulta conveniente que las normas induzcan a las fuerzas políticas con representación en el Congreso a edificar esa mayoría.
Si en el pasado inmediato gobierno y partidos fueron capaces de abrirle cauce al futuro, no veo por qué hoy no podamos retomar ese aliento.
Muchas gracias.
Ministro José Ramón Cossio Díaz
Muy buenas tardes a todos.
Señor Presidente de la República, señor Presidente del Senado de la República, señor Presidente de la Cámara de Diputados; señores integrantes del presidium; señoras y señores:
Si comparamos los contenidos que nuestra Constitución tenía -digamos, hace 15 años- contra los que actualmente tiene, es evidente que es mucho lo que ha cambiado.
En la llamada parte dogmática, contamos hoy con un Derecho a la No Discriminación, un amplio reconocimiento a los pueblos y comunidades indígenas, un derecho a gozar de un medio ambiente adecuado; más amplias garantías en los procedimientos de averiguación previa y medios de protección para las víctimas del delito, por ejemplo.
En cuanto a la estructura Federal, contamos también con un amplio sistema de atribuciones para los municipios, así como una serie de garantías que acrecientan su autonomía o una más nítida distribución entre las competencias federales y las de las entidades.
A nivel de la división de Poderes, existe una redistribución de funciones entre los tres cuerpos clásicos, lo cual impide que entre ellos se realicen fenómenos de acumulación de poder.
Adicionalmente, se han creado nuevos órganos de control del ejercicio del poder público, los cuales van desde la transformación de la Suprema Corte de Justicia en un Tribunal Constitucional, o de un Tribunal Electoral competente en cuestiones de legalidad, a otro en materia de constitucionalidad, hasta la creación de órganos constitucionales autónomos como el Banco de México, el IFE, la CNDH o la Auditoria Superior de la Federación.
A los cambios realizados en los enunciados normativos se han seguido otros, igual o más importantes, producto de las actuaciones conjuntas entre los órganos del Estado y los ciudadanos.
La práctica que se ha producido por vía de la jurisprudencia de los órganos del Poder Judicial de la Federación, o las resoluciones del propio IFE, o de la Auditoria Superior -por citar tres ejemplos- nos han dado nuevas condiciones institucionales de convivencia.
Es precisamente por esas determinaciones que hoy no vivimos en un régimen corporativo.
El acceso a la información es un derecho fundamental, el delito de desaparición forzada de personas es continuado, la vida interna de los partidos políticos debe realizarse con estricto apego a los estatutos que garanticen condiciones de democracia o la actuación de la Administración Pública Federal puede controlarse no sólo por el gasto, sino también a partir de criterios como el de gestión.
¿Por qué es preciso recordar en esta ocasión tan importantes avances constitucionales?
Porque a pesar de ellos, la demanda por nuevas reformas no ha cesado. Es más, se ha incrementado considerablemente en los últimos años.
Esta actitud reformista ha desplazado por completo lo que hasta hace cuatro años todavía era una cuestión debatida.
¿Las reformas constitucionales a desarrollar debían ser el inicio de nuestro proceso de transformación política; o por el contrario, la culminación de la marcha democrática habida en los últimos decenios?
Este cuestionamiento prácticamente hoy no interesa a nadie. La búsqueda de un referente que nos permitiera saber dónde estábamos y hacia dónde íbamos, ha quedado desplazada por preocupaciones que hoy estimamos urgentes.
¿Cómo debemos enfrentar el futuro inmediato?, ¿Nuestro actual texto constitucional es adecuado para hacerlo?, ¿Qué deberíamos hacer con él?
Dentro de esta gama de preguntas, hay algunas que con todo y ser importantes terminan teniendo un carácter instrumental. Primordialmente las relativas al cuándo y al cómo reformar la Constitución.
Sin embargo hay otra -a mi juicio, la más importante de todas- que debe ocupar la atención de quienes estamos por cambiar nuestro texto constitucional.
¿Qué debemos reformar?
Apresuradamente pero no sin reflexión, debemos responder de todo aquello que sea necesario. Sin embargo y de inmediato debemos volvernos a preguntar: ¿Lo necesario para qué?
Esta es la pregunta más relevante del proceso de reformas constitucionales que habremos de perseguir. Su respuesta debe ir más allá de señalar lo obvio, aún cuando ello indudablemente habrá de estar presente.
Decir, por ejemplo, que debemos reformar para avanzar en la consolidación de la democracia, la profundización de nuestro federalismo o el pleno respeto de los derechos fundamentales, es indispensable pero no es suficiente.
Es preciso, por el contrario, dar cuenta de los diversos objetivos a alcanzar y particularmente de la manera de integrar todos ellos en unidad.
La definición de la necesidad constitucional -es decir, de aquello que nos permita determinar qué debemos reformar- es el primero y más importante paso del proceso de reformas que se quiere llevar a cabo.
Ésta debiera ser la primera y más importante tarea de la Asociación Nacional para la Reforma del Estado, cuyo inicio de trabajos hoy nos convoca.
Por ambos motivos pareciera desearles que esa primera tarea se concrete en la identificación de los grandes problemas que determinan las necesidades, ello desde un afán incluyente y amplio para sólo posteriormente buscar las soluciones.
Por la importancia de las respuestas que la Asociación puede brindar al país, el esfuerzo a realizar debe -a mi juicio- satisfacer determinadas condiciones. La primera, ya enunciada, es la determinación de las necesidades constitucionales como una tarea previa y autónoma a la propuesta de soluciones específicas.
Hasta ahora, esfuerzos como el que nos convocan se han caracterizado o por la rápida atención a la redacción de textos jurídicos, o por la incorporación de las demandas provenientes de integrantes de las elites políticas o intelectuales del país.
Trabajos realizados con esta lógica arrojaron propuestas que difícilmente respondían a una unidad o a un conjunto de demandas muchas veces irreconciliables entre sí. De ahí la dificultad para convertirlas en la materia prima de una reforma de cierta de envergadura.
La segunda condición radica en mantener una relación entre las necesidades a satisfacer y las propuestas hechas. Si ciertas partes de la Constitución no están descompuestas, ¿para qué las arreglamos?
Las tentaciones en este quehacer son varias pero igualmente perniciosas. Por ejemplo, está el apego estricto al nominalismo, como cuando se dice que la Suprema Corte no es un tribunal constitucional sencillamente porque no se denomina "tribunal constitucional". Ello con independencia de cuales sean sus funciones.
También está la incorporación acrítica de las soluciones dadas en otros países, como cuando se elige un modelo constitucional que goza de más prestigio que el nuestro y se le da cabida entre nosotros para esperar que de algún modo sus beneficios se extiendan aquí.
Finalmente, me parece que la Asociación o cualquier otro esfuerzo de reformas que se lleven a cabo, debe evitar insertarse en los tiempos y razones de la competencia política; por ahora, aquella que habrá de darse por la Presidencia de la República en el 2006.
Las precampañas y campañas tienen su propia lógica y sus propios fines: la obtención de los cargos públicos en disputa. La Reforma del Estado tiene otros muy diversos: el establecimiento de la estructura dentro de las cuales van a desempeñarse esos cargos públicos y las condiciones más generales de convivencia de los miembros de una determinada comunidad política.
Por tal motivo -y aquí uno de sus principales retos- la Asociación deberá, simultáneamente, estar lo suficientemente lejos de los procesos de elección para mantener su autonomía y su proyecto de transformación profunda, pero generar la legitimación suficiente para lograr su establecimiento por parte quienes se disputan el poder político.
Mirada desde la perspectiva de los acontecimientos que conforman una vida, la oportunidad de asistir a los trabajos para reformar al Estado Mexicano a través de la transformación de su Constitución, es una oportunidad extraordinaria. Los aquí presentes de un modo u otro podemos gozar de ella, sin dejar de recordar, con Machado, que el resultado aún no está escrito y que todo depende del mañana. Muchas gracias.
Gobernadora Amalia García Medina
Ante la contienda del 2006 por la Presidencia de la República, es tiempo de pensar qué es lo más conveniente para la gobernabilidad en el futuro inmediato.
La verdad es que la heterogeneidad de posiciones está en pleno desarrollo y el pluralismo es un hecho. Ya nadie tiene el monopolio de la autoridad política, pero pudiera pensarse que sólo existen dos opciones: no tomar posición o el enfrentamiento.
Sin embargo, los enfoques maniqueos ya no son apropiados para comprender el complejo país que hemos construido. Necesitamos evolucionar a un régimen político más flexible e incluyente, necesitamos un nuevo diseño institucional a través del consenso y modificaciones constitucionales.
La Reforma Política de 1977 implicó la modificación de 17 Artículos de la Constitución. Estos cambios y los que le sucedieron significaron un gran progreso en el camino de la democracia, pero también surgió el problema de la gobernabilidad democrática.
Hoy ha cambiado la forma en que se accede al poder y está cambiando la manera en que éste se ejerce, pero las transformaciones se dan dentro del mismo viejo modelo de gobernabilidad.
La situación actual es una gran oportunidad para el cambio porque la fuerza real de los diversos grupos está todavía en entredicho. Los equilibrios políticos no se consolidan por completo y en ello radica lo favorable de las circunstancias porque ningún actor sabe bien a bien la fuerza que tendrá en el futuro y si estará en el gobierno o en la oposición.
Este es el incentivo perfecto para construir un régimen político neutral, asegurando derechos y espacios políticos a todos los grupos en competencia.
En este momento esta incertidumbre, palpable en el momento del México actual, debe ser vista como una convocatoria en la creación audaz y a la innovación.
La realidad de la competencia política nos demanda construir. Necesitamos otro diseño para el régimen político, con una nueva visión de federalismo que abra camino y desate las potencialidades cívicas que ya se expresan dentro de nuestro país, bajo la certeza de que la inmovilidad ya no es posible; pero también de que se necesitan crear las condiciones para la gobernabilidad en un entorno muy complejo.
Desde el punto de vista político, vivimos en el seno de una contradicción: ya no somos, pero todavía no llegamos a ser.
El momento político de México exige la más firme decisión para ir todos juntos a la democracia efectiva y consolidada y a su consecuencia pedagógica más relevante: la gobernabilidad sostenible, porque gobernabilidad y democracia están combinadas de manera tan íntima que sólo para fines de análisis podemos pensarlas separadas o autónomas.
En estos momentos la gobernabilidad es el desafío mayor para las fuerzas políticas y para los grupos sociales que se mueven dentro de la República, incluyendo las entidades federativas.
Tenemos recorrido una gran parte del camino y hemos logrado una conquista invaluable: la soberanía del voto.
Hoy las batallas se libran ante la opinión pública y en los tribunales.
Pero -y esta es otra paradoja de nuestro desarrollo- para el éxito de la democracia no basta el descubrimiento del uso democratizador del voto.
Hacen faltan los complementos que reconozcan nuevos actores y el pluralismo para que esto no degenere en perturbaciones políticas que ponen en riesgo no sólo el ejercicio de gobierno, sino incluso el desarrollo económico y la seguridad.
La inestabilidad política es el más formidable impugnador de la seguridad material, de la libertad, la justicia social y el Estado de Derecho en todo el territorio. La renovación democrática es también un proceso de construcción de la manera de ejercer el poder.
Pero la democracia sostenible implica cimentar un orden político gobernable. A la inversa, también es cierto, preservar la gobernabilidad implica la construcción de la democracia.
Debemos asumir que los mexicanos somos como pasajeros en tránsito, pero con un propósito común: afianzar una democracia participativa y federalista, con reglas, experiencias y procedimientos sostenibles.
La gobernabilidad democrática requiere mayores espacios para la negociación y la construcción de acuerdos; más lugares de encuentros para propiciar conductas cooperativas y favorecer nuevos equilibrios; arribar a los entendimientos básicos para dejar que madure la democracia y cimentar el nuevo régimen político, renunciar al autoritarismo y abrir paso franco a la más firme tolerancia.
En síntesis, necesitamos acuerdos políticos eficaces y una Reforma Democrática del Estado.
La reconstrucción de un sistema político puede ser un esfuerzo conjunto a pesar de que hoy las tendencias se inclinan al disenso y son muy álgidas, y todo parecería que se encaminaría a un choque.
Al país le urge que se abra paso a lo que algunos, como Porfirio Muñoz Ledo, que es uno de los convocantes, llaman el espacio de la neutralidad; porque quiérase o no, el poder ya es compartido y sería suicida volver la vista atrás a la concentración del poder, en la cual se valía todo para acabar con el adversario a como diera lugar.
Hoy, en cambio, resulta vital para todos, para todas, imaginar a fondo el contenido y la estructura del nuevo diseño institucional a construir, con una Reforma Democrática del Estado.
México necesita de nuevas instituciones y una gran disposición para lograr negociaciones en un marco institucional y evitar parálisis, bloqueos o enfrentamientos entre poderes o entre las fuerzas políticas y sociales.
Las mexicanas y los mexicanos -estoy segura que la mayoría, por el grave deterioro que en múltiples órdenes vive el país- queremos que se abra paso el pluralismo, la tolerancia, el diálogo y la negociación, los consensos y los acuerdos políticos.
Queremos -y urgen- reglas del juego para preparar la disputa por el 2006, de tal manera que no prevalezca lo que algunos llaman la democracia confrontacional, sino una competencia democrática con reglas pactadas.
Muchas gracias.
Lic. Beatriz Paredes Rangel
Aprecio la convocatoria a este evento y felicito a los organizadores, particularmente al licenciado Porfirio Muñoz Ledo, quien desde cualquier trinchera sigue impulsando los temas en que ha estado comprometido…
Saludo que encabece esta reunión el señor Presidente de la República, licenciado Vicente Fox Quesada, y la presencia de destacados dirigentes políticos y de sectores muy importantes para la vida nacional.
Entiendo mi participación derivada de la circunstancia de presidir la Fundación Colosio, órgano de reflexión política plural, afín al Partido Revolucionario Institucional. Pero aclaro que mis palabras son de mi exclusiva responsabilidad.
No traigo mandato a nombre del partido, aunque sí la salutación positiva del Presidente del Comité Ejecutivo Nacional, Roberto Madrazo, a los integrantes de la Asociación para la Reforma del Estado y la ratificación de la disposición partidista para involucrarse activamente en estos temas.
Saludo, asimismo, al señor Presidente de la Honorable Cámara de Diputados, que preside este evento; y al señor Senador Diego Fernández de Cevallos, sin duda representantes -ambos- del Poder Legislativo.
Sería maravilloso poder tener una intervención alentadora, me encantaría decir que considero extraordinario y oportuno que miembros de distintas fuerzas políticas se reúnan para renovar el propósito de llevar a cabo una Reforma de la República que responda a los avatares de nuestro tiempo y provea al país de la arquitectura institucional que le dé vigencia democrática en las primeras décadas del Siglo XXI; y desde luego, que el acto esté encabezado por el titular del Poder Ejecutivo, lo que refleja su voluntad política.
Cómo me gustaría pensar que la información colectiva subrayará las propuestas aquí presentadas y pondrá énfasis en las posibilidades de acercamiento de los diversos partidos entre sí y hacia su interior, que permitan prevalezca la civilidad política y la capacidad de conducción y construcción democrática.
Sin embargo, la terca realidad oscurece mis esperanzas y los rezagos u omisiones de lo que no hemos hecho en los lustros de reformismo electoral, de los métodos democráticos que no supimos arraigar suficientemente; de la medianía preponderante en las elites políticas, en las que me incluyo; de la estridencia en la comunicación social y la lacerante situación de desempleo, falta de oportunidades, migración creciente y presencia del crimen organizado, me llevan a matizar mi entusiasmo y a ser prudente en la euforia, crítica en el decir y fiel a mi naturaleza combatiente en el propósito.
Hay varias vertientes del quehacer que considero indispensable subrayar. Primero, trascender la coyuntura.
El debate sobre la sucesión adelantada ha sido muy dañino para el país y distrajo la atención pública de los temas esenciales.
Hemos estado atrapados de la discusión del día a día, de las descalificaciones de unos a otros o de todos a todos y se ha logrado una devaluación del papel de la política y los políticos preocupante.
Es indispensable recordar que la gobernabilidad democrática del país requerirá de cuando menos el acuerdo de las fuerzas políticas que integren dos terceras partes de las Cámaras, pues sólo así se podrán hacer reformas constitucionales.
De ahí que sea pertinente el preguntarnos sobre qué régimen político puede sentar bases ciertas para la conducción plausible, plural y democrática en el largo plazo.
Hay decenas de propuestas, argumentaciones y contra-argumentaciones; pero la asunción de cualquiera de ellas supone la disposición a renunciar a espacios formales o reales de poder. Y ahí tiene que haber una actitud superior.
El escenario de competencia electoral adelantado y el encono que se ha dado en las relaciones políticas, es el peor ambiente para el desahogo de las decisiones que demanda la historia contemporánea de México.
Quiero creer, como lo dijo Amalia, que es una oportunidad también; que un escenario con estos niveles de tensión pueden llevarnos también a una introspección profunda sobre nuestra capacidad de hacer y de construir; y no sólo a reproducir enfrentamientos estériles. Me parece indispensable diferenciar la discusión sobre las reformas denominadas estructurales, vinculadas a la temática de modernización económica en el marco de los paradigmas de la globalización, al diálogo o debate sobre la arquitectura institucional para avanzar en un gobierno eficiente y eficaz para la conducción democrática.
No obligan a decisiones vinculatorias un tema y el otro, porque esencialmente se insertan en ámbitos distintos. Es necesario reconocer que detrás de la discusión sobre las reformas estructurales, lo que existe realmente es un debate sobre el destino de México. Por cierto, habría que recordar que este no es un debate reciente y se asemeja a una discusión que se da en diferentes latitudes. En el caso mexicano tiene más de 20 años de librarse; y más que una discusión entre los sectores políticos o entre los representantes sociales, empezó como un debate de los tecnócratas financieros y los grupos de interés en su incidencia con las elites del poder, con objeto de alinear al país a las recomendaciones del modelo económico derivado de la globalización y de la apertura del mercado.
Lo que verdaderamente está en la polémica es si la etapa de globalización económica y de articulación con América del Norte, derivada del Tratado de Libreo Comercio significa la renuncia a la rectoría del Estado Nacional en actividades estratégicas y la apertura para que la composición de capital en ella sea predominantemente extranjera o favorezca procesos monopólicos de origen diverso.
La inhabitabilidad de la inserción subordinada de la economía mexicana como un esquema irracional de concentración del ingreso en el modelo de globalización de América del Norte, corresponde a un fatalismo histórico económico que renuncia a la imaginación y al valor que caracterizó a generaciones de mexicanos de otro tiempo. No se trata de desconocer el impacto de la vecindad y la geopolítica, se trata de asumirlas con dignidad y perspectiva de equidad. En ese sentido tendremos que ser creativos para lograr que una disputa que es por definir si en el siglo XXI México podrá prevalecer como Nación soberana pueda realizarse sin renunciar a la modernidad y a capitalizar nuestras ventajas comparativas. Un tercer aspecto tiene que ver con avanzar en las pequeñas cosas, en aquellos acuerdos que se pueden ver desde aproximaciones sucesivas; no necesariamente tenemos que ir siempre por el todo, un esfuerzo de aproximaciones sucesivas que nos permita garantizar certidumbre en los procesos electorales subsecuentes y la consolidación de la democratización del país parecería indispensable.
Si las elites políticas no tenemos la capacidad de enfrentar la sucesión presidencial en un marco de civilidad que ponga freno a las descalificaciones y a los golpes bajos, la tensión política se incrementará significativamente, generando riesgos innecesarios.
Si las fuerzas políticas no tienen actitud de compartir una columna vertebral que garantice estabilidad y cohesión al país para enfrentar la realidad geopolítica mundial y nuestra inserción en América del Norte, no como fatalismo irreversible, si no como oportunidad constructiva.
Actitud que ha de reflejarse en una gran convocatoria nacional a los sectores económicos, a las fuerzas sociales, a los líderes de opinión para poner en práctica medidas que frenen el desempleo y reactiven la economía real, para que millones de mexicanos no estén frustrados y desencantados por no encontrar ocupación- ingreso.
Si entre los actores de opinión, las voces autorizadas, los medios de comunicación, no se intenta una tregua al descrédito que permita serenar el medio ambiente social, y haga posible sin demérito de la indispensable información veraz, de la crítica y la libertad de expresión, a la que defenderé siempre, ir buscando de manera común alternativas constructivas.
Si con la solidaridad de todos no fortalecemos el rol de Estado, para que prevalezca el imperio de la ley y se domine la problemática de inseguridad pública y el crecimiento del crimen organizado, le habremos fallado a la historia de México, y el pueblo tendrá derecho de decirnos que no hemos cumplido con nuestra responsabilidad.
Señoras y señores:
No es este el momento más difícil que ha vivido México, por el contrario, somos un país que pudo resolver de manera civilizada la alternancia política, después de un siglo XX con un partido hegemónico que ejerció el poder por más de 70 años, somos un país donde hay libertades individuales y garantías sociales.
Duro fue el siglo XIX, cuando Benito Juárez tuvo que llevar en el carruaje la República; difícil el inicio del siglo XX. No hagamos que nuestra falta de talento e imaginación y cohesión, vuelva también difícil el inicio del siglo XXI.
Muchas gracias.
Diputada Margarita Zavala Gómez del Campo
Reformar el Estado significa transformar los Poderes Públicos, modificar las relaciones de los Poderes entre sí y con los ciudadanos, en el propósito de satisfacer las necesidades de los habitantes y de promover las condiciones que permitan la realización de los valores en los que cree la sociedad, y de lograr plenamente la consecución de los fines propios del Estado, esencialmente el bien común, la justicia y la seguridad.
Hoy México experimenta cambios relevantes de gobierno, de reacomodo de las fuerzas políticas, de cultura política, de participación ciudadana. Esto es la adaptación a un escenario político nacional distinto.
Los problemas y los proyectos del país no pueden enfrentarse con las viejas instituciones, algunas en franca decadencia, otras inexistentes.
El escenario de México es distinto y lo es también el del mundo. La política y la economía han tenido que adaptarse a una realidad totalmente distinta a la que prevalecía en la década de los 80’s y por ello son muchos son muchos los países que han llevado a cabo ya desde hace años una Reforma del Estado.
Tenemos que reconocer los avances que ya se han dado desde entonces, algunas ya mencionadas como la Reforma Política en 96 y también diría reformas recientes, como la de Transparencia y Acceso a la Información o desarrollo social y una estabilidad económica, como también los esfuerzos coordinados por el embajador Porfirio Muñoz Ledo en la Comisión para la Reforma del Estado y en la asociación que ahora convoca.
Hoy es indispensable plantearnos con responsabilidad nuevos cambios que permitan no sólo que nuestra vida electoral sea democrática, sino que nuestra democracia tenga sentido en la práctica cotidiana de los y las ciudadanas.
Queremos una Reforma del Estado en lo político, que fortalezca la gobernabilidad, evite el inmovilismo de los Poderes y fomente la cooperación de los mismos y no su bloqueo.
Me parece que hay figuras que hay que resaltar, como es la reelección de los legisladores, no sólo por lo que significa la profesionalización de esta actividad legislativa, sino también porque es un gran instrumento para los ciudadanos, para la exigencia de la rendición de cuentas de sus representantes.
Me parece que habrá que estudiar, por ejemplo, la iniciativa que presenta el Presidente de la República, que se le ha llamado como iniciativa de urgente resolución y que le permite al Presidente de la República poner a discusión aquellas iniciativas que considera fundamentales para la gestión de su Gobierno y no, en cambio, que se queden en la congeladora o en la incertidumbre del país.
Hay cálculos electorales que han sido constante obstáculo para las reformas necesarias. Habría que pensar entonces en la homologación de las elecciones. Y no puedo dejar de mencionar el necesario control del dinero en la política.
No podemos dejar de pensar tampoco en la amenaza cierta del narcotráfico y, en general, de la delincuencia organizada.
Requerimos de una reforma que optimice el Sistema de Procuración y Administración de Justicia; una reforma también que en lo económico posibilite a México lograr el crecimiento y que permita la generación de empleos que necesitamos y que hagan posible el desarrollo equitativo, humano y sustentable de México; una reforma que nos permita aprovechar nuestro enorme potencial de riqueza para crearla y distribuirla sin mitos y sin dogmas.
En lo social, una reforma que desarrolle mejor las relaciones entre unos y otros, que aumente las capacidades humanas y que iguale oportunidades y capacidades para la vida, el trabajo, la realización personal entre el norte y el sur, entre el campo y la ciudad y, por supuesto, entre hombres y mujeres.
No tengo duda que la política se ha vuelto muy compleja, pero también más interesante. La complejidad de la política nos obliga a pensar en nuevas fórmulas y en nuevas expresiones.
Pero lo mejor, no es tan difícil llegar a estos acuerdos, sino que al contrario, es más sencillo de lo que parece; porque no es una refundación, sino es la adaptación a una nueva realidad.
La Reforma del Estado es para darle mayor gobernabilidad a nuestro país. Es responsabilidad de la sociedad, sí; pero sobre todo de los actores políticos.
A esta dotación política es a la que yo hago un llamado. Permítanme entonces hacer una referencia a Carlos Castillo Peraza, a quienes muchos de ustedes conocieron y estimaron: nuestra vocación, decía, es la de ser gobernante, ser políticos, no arqueólogos, no podemos aspirar a .. ruinas, sino a un país justo, desarrollado, en proceso de perfeccionamiento social, económico, político y cultural constante.
No tengamos temor de reconocer lo bueno de donde quiera que venga.
Estamos todos, señoras y señores, ante una gran oportunidad, lo digo desde el profundo amor que le tenemos a México, y que al final es la razón y el motivo elevado que nos tiene aquí a todas y a todos reunidos.
Muchas gracias.
Carmen Aristegui
Muy buenas tardes a todos. Bienvenidos en esta ocasión. Gracias por aceptar esta invitación a la que ha convocado la Asociación para la Reforma del Estado, en esta tarde, en donde el tema central, en donde la idea central pues es relanzar los temas de la Reforma del Estado en nuestro país.
Y bueno, creo que para todos, el punto de coincidencia que nos convoca esta tarde, pues es más que claro: tenemos un panorama en nuestro país, tenemos un escenario en nuestro país que nos obliga a reunirnos, que nos obliga a plantear ciertos temas.
Gracias a todos por esta presencia múltiple, plural, diversa, que nos convoca esta tarde.
Y bueno, simplemente para dar una breve reflexión inicial, es evidente que compartimos todos un panorama de nuestra información que nos remite constantemente, que nos ha remitido constantemente -de un tiempo para acá- no sólo a los pleitos, no sólo a la camorra y a las confrontaciones en la vida política, sino que además nos confronta con un Estado que se ve rebasado en su atribución central del control y el monopolio de la violencia.
Si algo nos ha inquietado en estos últimos días, justamente tiene que ver con la situación que se vive en materia de delincuencia organizada y la situación que se vive en los penales de alta seguridad.
El desbordamiento no sólo incluye a la vieja vida institucional del régimen anterior, que luce caduco, que luce inoperante ante los nuevos fenómenos y dinámicas a los que no se les ha construido una parte o una contraparte legal e institucional, sino que ahora lo vemos desafiando -o desafiado, de hecho- por los poderes fácticos de la delincuencia organizada.
Al bloqueo permanente en la vida política mexicana, ahora hay que agregar el creciente fenómeno de la violencia, de la sangre y de las tensiones que se han registrado en partes importantes del territorio nacional.
Más de mil ejecuciones en lo que va del sexenio, relacionadas con el narcotráfico, con la delincuencia organizada, dan cuenta del nivel de violencia que se ha alcanzado en esta guerra de múltiples frentes.
El espectacular despliegue que hemos visto en estos últimos días y horas -despliegue militar, incluyendo tanquetas las nuevas restricciones en los penales- nos hablan de una autoridad que se ve seriamente amenazada.
Las muestras de poderío y los alcances para corromper que muestran estos grupos son más que conocidas, han creado ya estos territorios de ingobernabilidad en donde la mano de la autoridad no tiene cabida.
Es este -nos han dicho y lo podemos percibir- un desafío al Estado Mexicano, es un desafío para todos nosotros; claramente una amenaza, cada vez más seria, para nuestra vida en sociedad.
Tenemos a un Estado Mexicano, pues, sometido a varios fuegos: al de la creciente fuerza de los poderes fácticos, al de una institucionalidad que hace agua por todos lados, al de actores políticos que han permitido que prevalezcan la rivalidad y el encono por encima de sus obligaciones para crear las condiciones de existencia de un nuevo Estado democrático. Y, finalmente, una franja cada vez más ancha de población, harta y desencantada, que apenas alcanza a decir un "¡ya basta!"
En conclusión, es urgente pensar en nuestra joven democracia y los peligros que la acechan.
En medio de esta coyuntura desmadejada y escandalosa, es necesario recuperar el sentido de urgencia y el ánimo de transformación que se compartían al principio de este sexenio.
Rescatar la convicción de que la tarea obligada -después de la alternancia en el Ejecutivo, que se dio en el año 2000- era y sigue siendo la de la Reforma Política del Estado Mexicano, esa que rediseñe el mapa legal e institucional que permita hacer frente a las nuevas realidades, una reforma que permita desbloquear para que continúe la vida de la República.
Con esta reunión, con este encuentro en el que estamos participando todos nosotros -diverso, plural, convocado por esta Asociación por la Reforma del Estado- se pretende oxigenar nuevamente el ambiente para imaginar como posible una Reforma del Estado; inyectar una nueva presión a los actores, volver a insistir en los temas una y mil veces discutidos, volver a delinear las instituciones para el rostro de un nuevo país; Procuradurías autónomas, ajenas al juego político que permitan una ágil impartición de justicia y una seguridad pública fortalecida; reformas electorales que reduzcan costos, aumenten controles e inhiban el dinero sucio; reelección de legisladores, nuevo régimen municipal, nueva Ley de Radio y Televisión y todos los demás temas que todos conocemos.
Los temas están ahí, son más que conocidos y su definición está antecedida de largas discusiones encapsuladas en las conclusiones de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado que instaló el Presidente Vicente Fox en agosto del año 2000; o por los trabajos también, por supuesto, la Comisión Especial para la Reforma del Estado que se creó en el propio Congreso y que ha generado discusiones importantes.
Hoy, de lo que se trata también es de medir el alcance de a los que les toca decidir; hoy veremos si somos capaces de remontarnos a nosotros mismos y de recuperar nuestro horizonte con una Reforma por la República.
Gracias a todos por su presencia en esta tarde, gracias por la participación de cada uno de ustedes y daremos paso a cada uno de los oradores que expondrá sus reflexiones y puntos de vista en esta ocasión.